
Post Mortem
La amargura es un dulce que Albert Caraco consume golosamente en Post Mortem, colección de atropellos de distinta calaña a la autora de sus días. Ya las primeras líneas anticipan esa picardía que Albert derrama: “Señora Madre ha muerto, hacía bastante la había olvidado, su final la restituye a mi memoria. Aunque sea por unas horas, meditemos sobre esto, antes de que recaiga en el olvido”. Lo que sigue es una sucesión de viñetas, breves descripciones del mundo materno, que obviamente va desplegando sus infinitas variantes, porque la madre es el origen del bien y del mal. No se trata, a fin de cuentas, de un muestrario rencoroso que un individuo le propina a su progenitora. Post Mortem es un manual poético que desde su amargura fragua un vistazo aleccionador a la enfermedad, el narcisismo, la muerte, el sentido de lo eterno, el odio de Dios, las mujeres y la voluptuosidad del dolor.
Pero no fue la muerte de su madre, sino la del padre lo que trastocó definitivamente el destino de Albert Caraco. El suicidio fue su aforismo más elocuente, en septiembre de 1971. Paris, su última estación. Nacido en Estambul, hacia 1919, este profanador del amor filial vivió en Viena, Berlin, Praga y en 1939 evadió con su familia la amenaza nazi refugiándose en Uruguay, donde adquirió la ciudadanía.
Una de las páginas finales de Post Mortem revela coordenadas de la filosa sinceridad de Caraco: “No, no lloro a Señora Madre. Las lágrimas que brindamos a nuestros muertos nos las arranca nuestra complacencia y el hombre se llora a sí mismo.”
Post Mortem. Editorial Sexto Piso. Primera edición, México 2006. Traducción de María Virginia Jaua.