lunes


Post Mortem

La amargura es un dulce que Albert Caraco consume golosamente en Post Mortem, colección de atropellos de distinta calaña a la autora de sus días. Ya las primeras líneas anticipan esa picardía que Albert derrama: “Señora Madre ha muerto, hacía bastante la había olvidado, su final la restituye a mi memoria. Aunque sea por unas horas, meditemos sobre esto, antes de que recaiga en el olvido”. Lo que sigue es una sucesión de viñetas, breves descripciones del mundo materno, que obviamente va desplegando sus infinitas variantes, porque la madre es el origen del bien y del mal. No se trata, a fin de cuentas, de un muestrario rencoroso que un individuo le propina a su progenitora. Post Mortem es un manual poético que desde su amargura fragua un vistazo aleccionador a la enfermedad, el narcisismo, la muerte, el sentido de lo eterno, el odio de Dios, las mujeres y la voluptuosidad del dolor.

Pero no fue la muerte de su madre, sino la del padre lo que trastocó definitivamente el destino de Albert Caraco. El suicidio fue su aforismo más elocuente, en septiembre de 1971. Paris, su última estación. Nacido en Estambul, hacia 1919, este profanador del amor filial vivió en Viena, Berlin, Praga y en 1939 evadió con su familia la amenaza nazi refugiándose en Uruguay, donde adquirió la ciudadanía.

Una de las páginas finales de Post Mortem revela coordenadas de la filosa sinceridad de Caraco: “No, no lloro a Señora Madre. Las lágrimas que brindamos a nuestros muertos nos las arranca nuestra complacencia y el hombre se llora a sí mismo.”

Post Mortem. Editorial Sexto Piso. Primera edición, México 2006. Traducción de María Virginia Jaua.

miércoles

HENRY MILLER: EL PUDOR QUE NO SE ASOMA

Todo escritor tiene su manera de ocultarse en lo que escribe. Cada novela, poema, relato, y aun cada ensayo, son al mismo tiempo un escondite para sus creadores. Ese afán clandestino se le nota mas a unos que a otros, lo quieran o no, porque siempre hay un resquicio que los delata.

Desde sus primeros libros, el escritor norteamericano Henry Miller ofreció su cinismo como una actitud constante y sonante. Se propuso decirlo todo, recorrer su vida para ofrecerla sin tapujos (o al menos esa fue la coartada que encierra su estilo). Todos sus libros cuentan los pormenores de una vida ajena al recato, dispuesta a desnudarse sin dejar que el pudor se asome

En Miller el arrebato es una condición que permanece. El exceso de que están llenos sus libros, tiene su correspondencia en la reacción de sus lectores. Nada difícil que quienes por primera vez se acercan a sus novelas Trópico de Capricornio o Primavera negra (después de franquear esa sacudida inicial ante la crudeza de un escribir sin pelos en la lengua), habrán de caer bajo la seducción de este héroe del anti-heroísmo. A partir de allí, será la naturaleza de cada lector quien decida los limites del deslumbramiento, o quien sienta el hartazgo ante el exceso. No pocos se sentirán defraudados, pero habrá otros que, de entre esa serpentina que es la obra de Henry Miller, elegirán aquellos instantes donde el delirio dejó hilvanada mas de una cabriola memorable.
No hay uno solo de sus libros en el que Henry Miller se abstenga de incluirse. No importa si el tópico es D.H.Lawrence, Luís Buñuel, Lao-Tse, Mishima o quien fuera. Siempre hay alguna anécdota, algún algo para no perder la ocasión de ejercitar lo autobiográfico. En Reflexiones sobre la muerte de Mishima, Miller se otorga la oportunidad de cuestionarse a si mismo, equiparando su vida con la de Yukio Mishima, un samurai que no solo practicó sus armas en la literatura.

"El objetivo de mi vida consistió en alcanzar los atributos del guerrero", dijo Mishima, y Miller admira esa elección por la espada en un mundo que se obstina en perfeccionar sus métodos destructivos. Pero esa admiración por la espada nada tiene que ver con lo mortífero de su filo, sino con el ideal del samurai: conseguir ese instante en que la destreza sea un modo de vida, un arte capaz de evitar el trance de desenfundar el arma.

Pero Miller también cuestiona el arrojo de los samuráis, cree que es posible un mundo desarmado (sin una espada siquiera), un mundo que tuviera a la carcajada como su instrumento mas letal: "El hombre que hubiera hecho reír a Hitler habría salvado millones de vidas". Pero he ahí el Henry Miller excesivo, muy dado a la creencia en las buenas voluntades, cuando la degradación de este planeta es una incesante pestilencia.

En el prólogo que hace a Crazy Cock, la escritora norteamericana Erica Jong intenta descifrar quién era Henry Miller, describiéndolo como "una de las personalidades mas contradictorias: un místico conocido por sus escritos sexuales, un romántico con pretensiones de filosofo, un escritor a quien el poeta Karl Shapiro consideró 'literatura sabia'. Si tenemos problemas para clasificar las novelas de Miller, y por lo tanto las despreciamos y mal entendemos, es porque las juzgamos de acuerdo a cierta velada noción de lo que es una novela bien escrita. Y las novelas de Miller no parecen ser de ese tipo, sino más bien son disparatadas, desordenadas y salvajes. Pero están llenas de sabiduría y poseen la 'eterna e incontrolable frescura' que Ezra Pound consideró el sello del verdadero clásico."

En fin, hay quienes creen que vida y literatura no pueden ser una misma cosa. Henry Miller no era de esos.

LA OTRA MANO DE LEPANTO

Los periódicos no sirven para interpretar la realidad. Sus redactores hacen más confuso el caos y la verdad es el blanco predilecto de sus crónicas. Qué bien le haría al planeta si omitiéramos su lectura para entregarnos a las fabulaciones del pasado y del presente. La más reciente novela de la escritora mexicana Carmen Boullosa, La otra mano de Lepanto, es una tentativa por encontrar claves del presente en el pasado, una incursión en el siglo XVI para sobrevivir los tiempos modernos.

El 10 de septiembre de 2001, Carmen Boullosa recorría la Biblioteca Pública de Nueva York, que la había becado para redactar biografías de escritores latinoamericanos clásicos. A la mañana del día siguiente, el mundo se transformó. Carmen escuchó un ruido que le pareció el estallido de un alternador eléctrico, un ruido que se repitió y que le hizo pensar en lo mismo. No tenía la menor idea de la dimensión de ese escándalo y salió a la calle con su hija para tomar el subway en Brooklyn. Cuando lo vieron llegar, con el conductor asomando por la ventanilla y anunciando que se suspendía el servicio porque allá arriba era un infierno, la realidad cotidiana comenzó a cambiar de piel. “Un infierno allá arriba, ¿qué es un infierno allá arriba? Salimos y comenzamos a caminar hacia la orilla que da a Manhattan y de pronto vi desplomarse un pedazo del mundo. Salió hacia arriba una nube blanca y descendió sobre la tierra una lluvia de quién sabe que. La gente corría aterrada, perseguida por un miedo que nadie atinaba descifrar”.


Lo peor ya había sucedido, pero el miedo era un profeta de mal agüero que había llegado para instalarse por tiempo indefinido. “La ciudad estaba tensa. Qué maldición que me vine a vivir a Nueva York exactamente en el 2001. Pero, ahora que lo veo hacia atrás, mala pero buena mi suerte porque fue la oportunidad de encontrarme con este libro, que es sin duda mi mejor novela y que fue un proyecto con el que crecí mucho como autora”.

Cuando Carmen no entiende los acertijos de la vida, le da por leer a Lope de Vega. Por ahí comenzó a escaparse de una realidad en estado de sitio. Luego siguió con biografías de Cervantes, relecturas de Quevedo y Góngora, hasta que llegó a las crónicas de la Batalla de Lepanto, donde halló el equivalente a las guerras santas del presente, a la obsesión por sentirse elegidos de dios, guardianes del planeta. “Leyendo estas crónicas, también me encontré con Maria la bailaora, que a bordo de la Galera Real mató con su espada a 40 turcos. ¿Qué hacía esta mujer peleando contra sus naturales aliados? Vi el personaje y no lo pude resistir, porque me servía de espejo del presente, me servía de visita a nuestros clásicos y me servía para entender enfermedades sociales, como el de la creencia de que un dios es superior a los otros, de que un dios va a proteger a algunos en la guerra. De nuevo Alá contra el Dios de los cristianos, de nuevo los árabes contra los cristianos. Me daba un espacio de reflexión del presente. No es que yo lo pensara con la cabeza, es que me fue irresistible después del 11 de septiembre. La mano de Lepanto, al mismo tiempo que trata de la intolerancia contiene una enorme alegría narrativa. Es una novela-río con muchos hilos narrativos y el personaje María la bailaora tiene también un enorme encanto y una capacidad vital mayúscula”.


Carmen leía los periódicos por la mañana y le daban ganas de llorar. Luego se iba a la Biblioteca Pública de Nueva York, para encontrarse con la vida del siglo XVI. Cervantes, Góngora, Quevedo, Lope, poesía otomana, crónicas y biografías de la época. Era su espacio de alegría para construir La otra mano de Lepanto, en el corazón de una nación atrapada por la paranoia.

La otra mano de Lepanto, Carmen Boullosa. Publicada en España por Ediciones Siruela y en México por el Fondo de Cultura Económica, 2005.

RITMO DELTA




Ritmo Delta es una novela avasallante. Ya desde su apariencia física, de casi 500 páginas, entraña un reto para el vértigo de un mundo que se regodea con la brevedad y lo superficial. La narrativa del mexicano Daniel Sada es una geografía entreverada que a la par denota sus paraísos y sus abismos. Una prosa en ejercicio a contracorriente. La ráfaga de un fotógrafo compulsivo. El detalle. La serenidad para entreverar rarezas de la lengua y chascarrillos de sopetón.

Contar el argumento de Ritmo Delta es ingresar en una comedia de absurdos, propios de la realidad y los sueños. Hay en esta obra una burla al mundo editorial de estos tiempos, ávido de crear grandes ventas para obras mediocres. Una reflexión del mundo onírico y la telepatía. El sutil sentido del humor, la trama telenovelesca y el tallado incesante de la palabra, convierten a esta novela en una curiosa parábola. La prosa de Sada ha ido labrando una obra que lo convierte en un raro espécimen, dedicado a privilegiar su pasión por la literatura y no por las exigencias del consumo.

Ritmo Delta acaba de ser publicada en España por la Editorial Destino y en México por la Editorial Joaquín Mortíz.

viernes

EL PASADO PRESENTE


2 libros de Alan Pauls

Por Raúl Silva

Los hechos no importan. Lo que importa son las resonancias que producen, mucho tiempo después, en la conciencia o la inconciencia de alguien. Con este delay vive Alan Pauls la literatura. No le importa el fogonazo, sino los efectos que provoca en quienes tardan en darse cuenta del impacto. Esa curiosa manera de ubicuidad tiene su origen en los dos mundos que a Pauls le ha tocado vivir en Argentina, entre el mito de la revolución y el cinismo que aboga por una degradación de los valores.
Pauls escribe historias de personajes que tardan en darse cuenta de las cosas. En El pasado* mezcla lecciones de moral y perversión. Es la autopsia de una relación de pareja. Es la locura y la dejadez en una combinación que la pasión incendia. Es la historia de una batalla por la memoria o el olvido. Las mutaciones del amor en un volumen de 550 páginas, donde Pauls construye un denso infierno con finas y a la vez grotescas pinceladas decadentes, perversas. Pensándolo bien, es una verdadera proeza no desertar de esta novela agobiante. A cada rato se asoman escenas donde el impudor se comporta con la debida indiferencia, porque todo cuanto ocurre en El pasado es asunto de la normalidad. Lo grotesco de esas relaciones de pareja que naufragan de una manera estrepitosa, pero que se resisten a desaparecer. La indolencia, el gozo perverso, íntimo. El cuerpo como objeto de la destrucción. La memoria como un ornamento. La amnesia como prendedor.
Un premonición de ese mundo que asoma al delirio y a la desesperación, en un vaivén vertiginoso, es la tercera novela de Alan Pauls, Wasabi**, reeditada recientemente por Anagrama. La autodegradación corporal, el amor enfermo de obsesión, la infidelidad, el artista trastocado en criminal, la literatura como un ejercicio sutil, son elementos que conforman ese territorio de resonancias. Para Pauls, el amor y la enfermedad son una misma cosa, experiencias en mutación permanente.

* El Pasado. Premio Herralde de novela, 2003. Tercera edición impresa en Argentina: mayo 2004. Editorial Anagrama. 551 pp.
** Wasbai. Primera edición en la Editorial Anagrama, 2005. España. 155 pp.

martes

RESEÑAS PODRIDAS

.
.

La soledad ante el papel en blanco otorga una temporaria impunidad. Por un instante, y sobre todo si se trata de practicar la crítica, quien escribe siente que habita un breve oráculo y que le es dado repartir las llaves del cielo o el infierno. Pero no siempre el don profético alcanza para todos. El tiempo calza una toga feroz y el denuesto mas autosuficiente puede quedar fijado como una pose ridicula sobre la que no dejarán de caer piedras y carcajadas hasta el fin de los siglos.

Que esto le suceda al oscuro escriba, que abandonado por la creación trama su módica venganza, es quizá más verosímil que los equívocos monumentales de Voltaire, Emile Zola, Henry James o Edmund Wilson. Como descargo, estos pordrían acudir a la indulgencia de Borges: "Podemos conocer a los antiguos, podemos conocer a los clásicos, podemos conocer a los escritores del siglo XIX y a los del principio del nuestro que ya declina. Harto mas arduo es conocer a los contemporáneos. Son demasiados y el tiempo no ha revelado aun su antología". Pero también, no es improbable que algunos de ellos, si pudieran acceder a la resurección, nada harían por remendar sus opiniones.

Rotten Reviews (Penguin Books, 1987), que podría traducirse como "reseñas podridas" o "malogradas" o "apestadas", es un pequeño libro que reune 175 opiniones sobre escritores y obras que se volvieron clásicas. Sus autores son casi todos igualmente clásicos, pero no desprovistos de ese atributo adverso que es la falacia.

Es posible que algunas de esas opiniones hayan conmocionado el temperamento sensible de ciertos notables como Whitman, Fitzgerald, Baudelaire o Celine, cuyo ego ha de estar aun revolcandose tres metros bajo tierra. Rotten Reviews es una antología del disparate, complice del tiempo. Aquí unos ejemplos:

Nota y traducción: Raúl Silva

----------------------------------------------------------

Hamlet, William Shakespeare.

Es un drama vulgar y bárbaro. No creo que el populacho francés o italiano puedan soportarlo... Uno pensaría que esta pieza es la creación de una bestia alcoholizada.

Voltaire, The works of Voltaire

* * *

Absalom, Absalom!, William Faulkner.

Desde la primera hasta a la última página de esta novela nos damos cuenta de que el autor se empecina en sorprendernos. Pero nada hay logrado con sencillez. Sus parrafos son tan extensos y entreverados que resulta difícil recordar quién habla y de que está hablando. Su argumento y su conclusión son igualmente sospechosos. No hay duda de que la decadencia existe, pero de ahí a convertirla en el asunto mas importante e interesante de la vida en Estados Unidos o por lo menos de la que se vive en Mississippi…

Boston Evening Transcript

* * *
Drum-Taps, Walt Whitman.

La actitud del señor Whitman parece desorbitada. Por un lado busca convencer al espíritu mientras menosprecia al intelecto, complacer a los sentimientos y a la vez ultrajar el buen gusto... Con frecuencia nuestros corazones se vuelve solidarios con lo artístico, pero nunca para quebrantar sus leyes.

Henry James en The Nation


* * *

John Keats.

Sabemos que algunos amigos de John Keats pronosticaron que sería médico. Se sabe también que estableció cierta relación con el medio como aprendiz de una famosa botica del pueblo... Le habría convenido mas, y hubiese sido mas sensato, ser un boticario pretencioso que un poeta pretencioso. Por eso, señor John, le pedimos que regrese a los emplastos, las pildoras y los unguentos, pero por lo que mas quiera no sea en esa práctica tan excesivo y sopor!fero como en su poesía.

Blackwood's Magazine.

* * *

Los Buddenbrook, Thomas Mann

Muy pocos de sus lectores norteamericanos se tomarán la molestia de leer hasta el final este libro. Carece de momentos culminantes y de intensidad... La historia podría ser interesante, pero su construcción es demasiado confusa y esto será un obstaculo para muchos.

Boston Evening Transcript

* * *

Ana Karenina, Leon Tolstoi

Tonterías sentimentales... Quiero que me enseñen una sola página que incluya alguna idea.

The Odessa Courier

* * *

W.H. Auden.

El mismo señor Auden es curioso ejemplo de un poeta que se vale de un lenguaje original, acorde con la mas sólida tradición del inglés, pero que parece cautivo en la mentalidad de un preparatoriano.

Edmund Wilson, The Shores of Light.

* * *

Madame Bovary, Gustave Flaubert.

El señor Flaubert no es un escritor.

Le Figaro

* * *

Edward Gibbon.

El estilo de Gibbon es deplorable, pero eso no es lo peor.

Samuel Taylor Coleridge, Complete Works

* * *

El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald.

El señor F. Scott Fitzgerald merece que le den una buena sacudida... El gran Gatsby es una historia absurda, así sea leída como aventura romántica, melodramática o como simple registro de la vida social de Nueva York.

Saturday Review of Literature


* * *


Viaje al fin de la noche, Louis Ferdinand Celine.

La mayoría de los lectores se darán cuenta que Viaje al fin de la noche es un libro repugnante. Su visión de la vida humana les parecerá una espantosa pesadilla. Nada hay que compense el demoledor castigo que propina al espíritu, nada es capaz de purgar el desagrado que provoca. Si lo que Celine busca ofrecer es vida, entonces mas vale estar muerto.

J.D. Adams, New York Review of Books.

jueves

El policía de las ratas

El polícia de las ratas* es un cuento morelense, aunque su autor ya nunca lo sabrá. El chileno Roberto Bolaño, que en alguna época recorrió con su padre la carretera de Amayuca a Cuautla, como repartidores en un camión de Refresquerías Lulú, escribió sin querer una historia local que parece crónica de estos días.

En la historia que cuenta Roberto Bolaño, Pepe el Tira vaga vigilando por las alcantarillas de su pueblo, unas donde corre el agua y otras donde sus congeneres cavan tuneles en busca de comida, para escapar o comunicar laberíntos que tienen sentido, dice Pepe: “en el entramado en el que mi pueblo se mueve y sobrevive”. Pero lo que prefiere, y así alivia su aburrimiento, son las alcantarillas muertas, donde se mueven los exploradores y los empresarios. Ahí, con frecuencia, Pepe el Tira ha encontrado cadáveres.

Pepe es sobrino de Josefina la Cantora, una rata que cautivaba a su pueblo con el chillido que cualquier otra rata podía reproducir, pero que en ella tenía un poder de encantamiento musical, en una historia del absurdo real que escribió el checo Franz Kafka y que, por supuesto, se llama Josefina la Cantora o El pueblo de los ratones. Una historia sutíl, cercana a esa historia explícita de Joseph K, que en la novela El Proceso necesita demostar su inocencia sin siquiera saber de qué se le acusa.

El pueblo de Pepe el Tira es también un pueblo de ratas y diversos roedores y reptiles. Pepe es una rata. Una rata que persigue ratas, un policía que busca criminales y conoce las cloacas de su mundo, donde “lo raro es lo normal, la fiebre es la salud, el veneno es la comida”, cosas de risa.

Encontrar a un extraño criminal es la tarea de Pepe el Tira. Nadie se la impuso. Incluso sus jefes le han ordenado que se olvidé del caso. Pero el policía de las ratas sospecha que el asesinó que busca no es una comadreja ni una vibora blanca y ciega, tampoco algún reptil… El asesino, termina descubiriendo, es una rata. Las ratas son capaces de matar a las ratas, piensa, y ese pensamiento lo perturba.

Este cuento de Roberto Bolaño es, como muchas historias fantásticas, el mapa de una geografía, no el retrato de individuos, de roedores con nombre y apellido, comadrejas con cédula de identidad, sino un poco más: el retrato de un mundo vasto, de una sociedad que conviven en un mundo adulterado, donde las líneas de la libertad son de un diáfano cristal blanco.


* El policía de las ratas
es un cuento de El gaucho insufrible,
libro póstumo de Robero Bolaño,
publicado a finales del 2003
por la Editorial Anagrama de España.

miércoles

Con permiso, Parménides

Por razones ajenas a mi voluntad, ayer por la noche me vi involucrado en una situación insana y pasé las horas leyendo cuentos de Parmenides García Saldaña. Ya estaba yo acostado y dormía, cuando un piquete de alacrán me desterró a otra realidad. Antes de emprender el camino rumbo al hospital, en el principio de un insomnio que se prolongó hasta la frontera del amanecer, me asomé velozmente a mi biblioteca. Lo primero que hallé fueron las Ficciones de Borges, pero su laberínto me perturbó. Luego apareció Parménides: El rey criollo, once cuentos que sirvieron para transitar por una noche difícil.

Parménides García Saldaña es uno de esos personajes que perecen víctimas de sí mismos, suicidas eternos. Relampagos que llegan y se van, dejando señas. Pero no fue por eso que elegí a Parménides como compañero de mi insomio. Fue una casualidad, aunque ya hace tiempo que he intentado cercanías con sus libros. Años atrás me propusé leer las canciones de Mediodía, pero me asaltó la sensación de quien descubre silencios en sus silencios.

Cada cuento de El rey criollo tiene como epigrafe una canción de los Rolling Stones, que el mismo Perménides se encargó de traducir. Son historias de una generación que vivió joven los sesenta. La manera de reunir palabras que tiene Parménides hacen aparecer imagenes. Yo era un niño cuando él viaja alucinando, pero sus historias me alcanzan, como alcanza el presente. El lenguaje ha cambiado, pero tiene raices similares y en el fondo es lo mismo.

Parménides le pidió prestado un título a Elvis Presley para bautizar su libro de cuentos: El rey criollo. Dice la contraportada que cuando estrenaron la película, en el cine Las Américas de la ciudad de México, se armó un tremendo motín que luego provocaría la prohibición de las películas de Elvis. No se que vela en el entierro tuvo Parménides en esa acción, pero de que era un asiduo al motín que ni que. Sus desplantes fueron como una carta de identidad. Parménides saboteando las fiestecillas de Fuentes, desvelando escandalosamente a Poniatowska, destruyendo a cadenazos la casa familiar. Esta noche: en forma de un lancetazo de alacrán. Ay, pinche Parménides.

martes

LOS BUSCADORES DE ORO

.
.

LOS BUSCADORES DE ORO
Por Raúl Silva


Su padre era supersticioso y se mordía las uñas. Jamás aprendió oficio alguno de verdad, pero siempre tuvo tiempo para seducir y dejarse seducir. Un día no se murió, porque la bala que le disparó un marido celoso destruyó el reloj que traía en su chaleco. Era como el abuelo Antonio, que muchos años atrás emprendió un largo viaje hasta el consultorio del médico ruso Serguei Voronov, en Europa, para solicitar que le transplantara unas glándulas de mono que rejuvenecieran su apetito sexual.

Esos recuerdos pasaron por el pensamiento de Augusto Monterroso el miércoles 23 de abril de 1986, como la ráfaga de un tren que atraviesa los andenes sin detenerse. Por eso, aquella tarde enmudeció" ante el grupo de profesores y estudiantes que se habían reunido para escucharlo en un salón de la Universidad de Siena. Tenía su vida consigo mismo, pero en ese momento fue incapaz de acomodar sus recuerdos, de ordenarle a ese tren que cesara su viaje por un instante. Entonces comenzó" a leer uno de sus cuentos, la historia de un organista guatemalteco que descubrió" los movimientos finales de la sinfonía inconclusa, y se fue a Europa para ver si allá le creían, pero como eso no sucedió:


"...se embarcó" de vuelta a Guatemala y que durante la travesía una noche en tanto la luz de la luna daba de lleno sobre el espumoso costado del barco con la más profunda melancolía y harto de luchar con los malos y los buenos tomó los manuscritos y los desgarró uno a uno y tiró los pedazos por la borda hasta no estar bien cierto de que ya nunca nadie los encontraría de nuevo al mismo tiempo que gruesas lágrimas quemaban sus mejillas y mientras pensaba con amargura que ni él ni su patria podrían reclamar la gloria de haber devuelto al mundo una páginas que el mundo hubiera recibido con tanta alegría pero que el mundo con tanto sentido común rechazaba."


Mientras se escuchaba leer a si mismo, no dejó de intuir el viaje del tren, convertido en un río ancho donde tres niños buscaban oro, en una fiebre que luego era un juego sencillo, la curiosidad que se extraviaba entre los calzones blancos y las piernas morenas de una niña. Todos los recuerdos en un sólo recuerdo que se negaba a explicarse, a decirse allí en el Viejo Mundo, frente a esos muchachos y profesores que por primera vez lo veían, aunque seguramente habían leído algo de ese hombre que creía ser un autor desconocido.


Allí estaba la vieja imprenta en una casa sin recuerdos, con sus olores, sus ruidos metálicos y la tinta que un hábil tipógrafo convertía en letras, luego en palabras que podían servir para contar sueños o realidades aburridas como los reglamentos y los decretos. En esa época, las vocales eran unos cubos de madera llenos de colores, con un peso que nada tenía que ver con la razón.

"¿Qué hago yo aquí?", se preguntó mirando a su público, y para salir del paso tuvo la tentación de inventarse una vida, como la de aquel niño que de vez en cuando se asomaba en su insomnio, viajando en el mismo barco de un navegante portugués.

Pero no fue sino un par de años mas tarde, en su casa de la ciudad México, cuando Augusto Monterroso sintió pasar el mismo tren que lo enmudeció en Italia. En ese momento las palabras no se le encadenaron, ni él se aferró a la idea de explicarle a si mismo y a los demás quien era, porque todas las historias reales e imaginarias de su infancia comenzaron a convertirse en una loca empresa, que siempre valía la pena emprender de nuevo.



Los buscadores de oro, Augusto Monterroso.
Editorial Algafuara, México, 1993. 123 pp.

lunes

POESIA Y VIOLENCIA EN COLOMBIA

La poesía anda por allí de vagabunda y si la violencia es un pan de cada día en Colombia, sobran las palabras sonoras para contarla, desde la rabia y el estrépito, desde la corazonada y el trueno, desde esa profundidad donde nace la rebeldía. En el zócalo de la ciudad de México, el poeta colombiano Juan Manuel Roca habla de la violencia y la poesía en su país. A lo lejos retiemblan los tambores de unos danzantes y Roca lee un poema de Omar Ortíz:

No es verdad que los ojos sean el espejo del alma,
si tal ocurriera los asesinos caerían fulminados
y nada sucede cuando el torturador cruza frente al espejo
y se peina.

Nadie se salva de la violencia en un país donde las heridas se abren sobre las heridas. Si la muerte hace ronda por tu barrio, no cierres la puerta sin mirar atrás. Pero ocurre precisamente lo contrario, el giro de alivio, la tentativa de resguardarse en las palabras, en las voces que desafían lo que muchos quisieran irremediable, ronda en un poema del mismo Juan Manuel Roca.

Por los mismos caminos donde un hombre.
Como fruta madura se desangra.
Nuestro país (si alguna vez ha sido nuestro)
No perdona la risa de sus niños.
Cada mañana un cadáver en las plazas.
Cada noche mujeres visitadas por el miedo.
Que golpea las ventanas.
Cada palabra: un pájaro tocado por la muerte en pleno vuelo.
Alguien llega.
Pienso que viene por mis manos.

En Colombia la vida se avecina muy cerca de la muerte. Los poetas lo saben desde niños y así lo escribe una voz anónima: “El mundo es grande para la guerra y pequeño para la vida”. Lo sabe ese muchacho de una comuna de Medellín cuando dice que “tiene más futuro la semana pasada”.
Las palabras de Juan Manuel Roca van juntando esos gritos, esas renuncias al silencio, esos juicios sumarios, como en María Mercedes Carranza:

Un pájaro negro husmea las sobras de la vida,
puede ser Dios o el asesino, da lo mismo ya.

En el zócalo de la ciudad de México, un escritor colombiano habla de la violencia y la poesía en su país. Una muchacha se queda pensativa, escuchando las palabras finales de una lectura cargada de fulgores y sombras: “A pesar de todo, y de ser tan inútil como el intento de descarrilar un tren con una flor atravesada en los rieles, la poesía seguirá en tiempos aciagos, en tiempos de muerte y de letargo”. La poesía nos pertenece, le responde ella, alejándose con una sonrisa triste.